- ¡Hola! -dijo ella entusiasmada y pensé que a lo sumo saludaría a dos o tres personas en la parada de ómnibus de las diez que habían.- ¡Hola!- ¡Buenos días!- ¡¿Cómo andás?!- ¡Hola!- ¿Quién es tu amigo?- ¡Hace frío, ¿eh?!- ¡¿Cómo estás?!- ¡Buenas!- ¡Hola!- ¿Querés un mate?
Antes de visitar el pueblo investigué algo en Google Earth. Primero calculé que sería un pueblo que quedaría cerca de Durazno (porque ése era el departamento al que pertenecía) y que por lo tanto tenía que quedar más hacia el norte por la Ruta 5, así que empecé a recorrerla... y no demoré en encontrarlo, tres fotos de quienes asumo eran unos turistas brasileros (que al día de hoy me pregunto cómo fueron a parar ahí) marcaron el lugar, y más en particular unas "grutas". No parecían grandes y me puse a investigar en Google. No había información, y según imaginé, conociéndonos, si decía "grutas" seguro serían cuatro rocas paradas en el medio del campo. Pero no importaba, se veía un lugar acogedor y pequeño, llegué a contar solo 30 manzanas en todo el pueblo, así que cerré el Google Earth e imaginé cómo sería llegar allí... era mi primer destino en una mini recorrida de unos 15 días por el interior del país, y eso me tenía bastante emocionado.
Así que llego tarde a la ciudad de Durazno y al otro día y luego de dormir unas muy pocas horas nos levantamos tempranito y nos dirigimos a la parada, listos para que Nossar nos llevara (con esa amabilidad al subir propia de los ómnibus del interior, donde la guarda se baja antes para ayudarnos a bajar las escaleras) durante unos 30 minutos hasta Carlos Reyles.
Apenas llegué no podía dejar de mirar a través de la ventana y me bajé cuando me indicaron que lo que veía era la escuela. Con mi amiga me dirjo hasta el liceo que quedaba a media cuadra de la parada. Allí me puse a charlar con diferentes profesores... Ninguno era de Carlos Reyles, ni siquiera la adscripta. Todos venían de Durazno o Florida y algunos desde lugares más lejanos, y según me contó el concerje (el único que vivía en Carlos Reyles) han llegado a viajar para dar clases de forma semanal desde Montevideo e incluso Artigas. Por un momento me imagino cómo sería viajar desde esos lugares tan lejos para venir a dar clases en el liceo y de a poco comienzo a valorar aún más la docencia, esa sacrificada en las mañanas frías a la espera de un ómnibus que si perdés marchaste, y de los viajes largos parado, juntos con otros docentes (a esas horas los ómnibus parecen excursiones solo de docentes), para llegar a dar clases por una mala paga (si sos efectivo de baja categoría) por unos 45 o 90 minutos a clases de 30 gurises. Pero esos pensamientos se ven interumpidos cuando me percato que la adscripta tenía un problema con su computadora, con Windows 95. Me costó imaginar que alguien podría usar eso en la actualidad, pero así era. Debo admitir que muchos conceptos se derrumbaron... todos los días vivo en carne propia como en la capital la gente trabaja "porque no le queda otra" y ese gustito a amar lo que uno hace se va dejando de lado, pero aquí recordé lo que eso significaba. De a poco y solo por vocación de enseñar, de educar y de entregar lo mejor de sí, los docentes fueron consiguiendo varios recursos. El que más me llamó la atención era el de contar con una computadora para los docentes que tenía salida a internet, brindando una brillante oportunidad para dejar entrar ese mundo de ahí afuera un ratito en el pueblo, pero solo lo necesario, como para que aún no se contamine de él.
El timbre suena y me alejo de los muchachos con camisa blanca y corbata roja que me miraban como un bicho extraño y me lanzo a conocer un poco cómo era un mañana en Carlos Reyles. Por supuesto que no sabía para dónde arrancar, por lo que vuelvo a la esquina donde me dejó el ómnibus y observo un poco la escuela, desde donde logré ver la plaza. Me acerco hasta allí y descubro la plaza más atípica que había visto hasta ahora... Para empezar, no tenía una forma geográfica distribuida, sino que se trataba de pequeños senderos intrincados entre frondosos árboles cuyas combinaciones de sombra en la mañana agregaban un toque melancólico. La recorro y descubro, no en el centro, sino cerquita de él, un busto de Artigas (¿es necesario aclarar que la plaza llevaba el mismo nombre?). Me acerco para verlo más de cerca y me sorprendo. Carlos Reyles me sonreía ahí mismo en ese momento, a través de ese busto de Artigas; y es que algo disimulado en su rostro se dibujaba una sonrisa que obviamente devolví, para dejarla atrás.
Me paro en una esquina y me sorprendo del color de las calles, era de un rojo/bordó bastante intenso... la tierra en el pueblo era de ese color, pero solo de ese color eran las calles. Es decir, el pueblo se caracterizaba por estar bastante bien diagramado, se notaba desde el Google Earth cuando lo ví y se notaba al estar allí mismo parado: las calles eran rectas y bien definidas, y una cerca bordeaba todo el pueblo que solo al lado de las vías se fundía apenas con el campo. Entonces comienzo a caminar por una sin rumbo, hacia una de las 6 cuadras pobremente asfaltadas en todo el pueblo. Allí encuentro un almacén donde decido comprar algo de comer aunque no tuviera hambre. La señora que me atiende en el almacén (de esos donde hay absolutamente de todo y el olor a alimentos no perecederos y raciones de semillas se mezclan en el aire) me pregunta qué era lo que quería. Le pregunto qué es lo que tiene para comer y me sorprende, preparando todo en el momento. Tontamente le pregunto cuáles son como para verlos y me dice que ella misma me los hace en el momento, entonces, ansioso por continuar recorriendo, le digo que me llevo solo un paquete de galletitas. Mientras me cobra me pregunta si soy estudiante, y le digo que no; me pregunta si soy profesor, y le digo que no; entonces me pregunta qué es lo que hago allí. Le comento que fui a conocer y con una de las caras más extrañadas que alguna vez haya visto me pregunta cómo dí con Carlos Reyles. Le sonrío sin responderle y me da las instrucciones necesarias como para llegar al Parque de las grutas. Me despido y retiro.
No tenía idea de las instrucciones que me había dado, pero es que llegar no podía ser muy difícil. Por pura intuición me voy hasta uno de los bordes del pueblo, el que más fácilmente se divisaba, y desde allí comienzo a caminar sin rumbo, asombrado aún del color de las calles y de los árboles a sus costados, todos frondosos y algunos hasta con hojas secas, que alfombraban el pasto bien verde. Camino unos metros y algunas personas aún me miraban extrañadas, mientras escuchaban AM en el frente de sus casas y tomaban mate. Enseguida veo el parque, y entro.
El parque era obviamente donde estaban las grutas. Si bien un cartel anunciaba que estaba abierto desde hacía un tiempo considerable, se notaba que no estaba terminado del todo, quizá porque solo vi una persona trabajándolo, metiendo mucho esfuerzo para arreglar las plantas, los árboles, los rosales y los juegos para niños. El parque, sumamente cuidado, tenía una calle principal, que bordeaba el lugar. Primero, comenzaba con un puesto de artesanías que nunca vi abierto, y luego seguía bajo un rosedal. A esa hora de la mañana no había nadie aún (excepto ese jardinero), lo que me permitió recorrerlo bien tranquilo, deteniéndome en cada detalle, porque allí todo estaba sumamente cuidado. El rosedal tenía un caminito más, que mostraba a su final un lago (que según luego me contaron era artificial) en cuya otra orilla se veían unas pocas personas construyendo una casa desubicadamente fuera de los planos. Me detengo a ver los carteles y me asombro que allí no se indicaran los nombres de las plantas, sino más bien algunas personas e instituciones que presumo ayudaron a la realización del parque o serían trascendentes en el pueblo.
Sigo caminando y llego entonces a una pequeña baranda hecha con unos troncos. Me pregunto si allí termina el parque y dónde estaban las famosas grutas. Unos carteles decían que eran allí, pero no se veía más que el lago y un puente. Es entonces cuando veo un camino en el pasto hecho de caminar y me lanzo hasta allí, cuando bajo me doy vuelta pensando en dónde estaban las grutas y las descubro. Sucede que estas grutas se encuentran como una abrupta escalera en la pequeña ladera hacia el lago. Las grutas me sorprendieron, no solo porque eran grutas de verdad, sino que también por la longitud de éstas. Estaban a lo largo de lo que serían unos 150 metros e inmediatamente arriba de ellas, la cerca con troncos. Me acerco a ellas y las investigo, me pregunto cómo se formaron en ese lugar de pocos cerros y muy ondulados. La zona no tenía exabruptos que perturbaran la suavidad del paisaje, por lo que las grutas (de pequeño tamaño pero tampoco despreciables) eran algo sobresaliente. Algunas eran muy pequeñas, pero en dos de ellas pude entrar parado. Por supuesto que de todas formas no eran grandes galerías hacia el cerro, sino apenas unas calerías de unos pocos centímetros de profundidad... casi casi que unas columnas de rocas.
A lo lejos, veo otra pequeña fracción y voy hasta allí. Cruzo el puente que pasa sobre el lago de forma bien sigilosa, porque podía escuchar cuis que se metían en el agua y hasta un pájaro parado muy tranquilo en la baranda, tanto así que me animé a sacarle una foto bien de cerca sin tener que recurrir al zoom. Subo un muy pequeño repecho y encuentro esa otra fracción. No sé nada de geología ni de cómo llegó eso allí, pero era obviamente una continuación de las otras grutas, aunque considerablemente más pequeñas y amorfas. Retomo el camino más hacia el parque y lo recorro un poco más. Desayuno sentado y sin pensar, tratando de bajar la pelota al piso... el día anterior en el medio de Montevideo parecía lejano y escuchar solo silencio y canto de los pájaros se transformaba lentamente en un encuentro... y es que ese lugar no era el que estoy acostumbrado a estar todo el día: no hay grafitis, ruidos de motos, autos, parlantes, nada... solo el canto de los pájaros a lo lejos y más lejos aún los sonidos de la Ruta 5, casi imperceptibles...
Continúo recorriendo y me llama la atención encontrar una vieja estación de combustibles que ahora oficiaba de taller mecánico... era curioso como aún continuaba teniendo las viejas dispensadoras de combustible casi intactas. Un bosque y una laguna, campo pelado y apicultura, vías de trenes y un algibe donde tirar los huesos de los animales muertos... todo eso en apenas unos metros cuadrados... era curioso como se mezclaba lo nuevo con lo viejo, desplazándolo pero aún así mantieniendo su lugar de origen. Unos metros más adelante la estación de trenes.
Lo primero que me llamó la atención eran los carteles que anunciaban el lugar: "Molles". Entonces recuerdo que frente a la plaza había un local con un enorme cartel pintado en sus paredes que anunciaba "Molles Futbol Club". Luego me dí cuenta que la gente de allí hablaba de Molles como su pueblo, en lugar de Carlos Reyles, como figura en los mapas. Sin embargo, nadie pudo explicarme por qué "Molles", aunque sí por qué "Carlos Reyles": parece ser que este Sr. Reyles fue un estanciero con muchas tierras y él mismo hizo traer la estación de ferrocarriles que no lleva su nombre, luego, repartió bien las manzanas y diagramó el pueblo, asumiendo que sería de gran auge debido a encontrarse en el centro del país... Es irónico que solo queden los vestigios de tales ideas... vestigios pequeños, como la Casona de Reyles (donde es el liceo) a vestigios observables desde el espacio, como en las fotos de Google Earth, las cuales recordé inmediatamente y entendí el por qué aquella diagramación tan perfecta.
La estación -como lamentablemente en casi todo el país- estaba abandonada con unos vagones y unos dos antiguos depósitos, uno de los cuales parece ser es un proyecto para un gimnasio. Frente, el Liceo. Me acerco nuevamente para saludar a algunos docentes ya que estaban en recreo. En la puerta me vuelven a examinar a mí y a mi cámara (no los culpo) y me acerco a un pequeño grupo de docentes con los que estuve hablando con anterioridad; al hacerlo, una señora me pregunta si soy alumno, le digo que no y me pregunta si soy docente; al decirle que no (esta conversación me hizo recordar a la que horas antes tuve con la almacenera) me pregunta qué es lo que estoy haciendo allí charlando tan animadamente con los docentes... y es que ella era la directora.
Al seguir recorriendo doy con una plaza de deportes sumamente pintoresca... ya era media tarde y aún no había almorzado, pero no tenía hambre, estaba demasiado extasiado con la belleza de Carlos Reyles; pero ya cansado de tanto caminar y de lo poco que dormí me quedo sobre un banco y me acuesto a dormir... pero no duré mucho, solo unos minutos, hasta que un hombre me grita: "¡Ta duro ahí pa dormir ¿eh?!" le digo que sí y se me acerca a preguntarme si estaba bien y no precisaba nada, le agradezco y le digo que no, por lo que se va. Entonces me siento, y contrariamente a lo enojado que me pueda encontrar que me despertaran, me siento contentode saber que, en Carlos Reyles, si una persona está durmiendo en una plaza, alguien se acerca para saber si no precisás nada y te encotrás bien... ¡cuánto tenemos que aprender! ¿Es la capital realmente lo que representa a un país?
En una de mis últimas recorridas ya hacia el liceo buscando mi compañera, paso detrás de la escuela que queda a orillas del pueblo, donde un alambrado separa cuidadosamente la civilización del suave campo ondulado. Y es allí donde, a la sombra de un pino, veo dos niños sentados con sus XO -las laptops del Plan CEIBAL-, navegando en internet, mientras otros chiquilines jugaban un partidito de fútbol a pocos metros... Fue extraño y reconfortable verlos a la vez. Pensaba en que quizá el mundo exterior les estuviese robando (con las nuevas tecnologías y sus facilidades) parte de su niñez, al hacer más atractivo navegar en internet que jugar un partido de fútbol en un lugar donde justamente el contacto humano y natural es lo que más se vive, pero también sentir un enorme orgullo al ver que también era posible hacer llegar esas cosas buenas del otro mundo a la sombra de un pino atrás de una escuela, para que tomen un poco de aire y se hagan más grandes al dividirse.
Llego al liceo y me uno a una buena parte del equipo docente que ya se retira, dando por finalizado un día normal en Carlos Reyles. Nos vamos todos juntos hasta la agencia de Nossar que, Carlos Reyles para no dejar de sorprenderme en sus últimos minutos "diagramó" en el mismo almacén que visité tantas veces. Y tampoco los docentes dejaron de sorprenderme en el último minuto, conociendo allí aún más lo que era realmente trabajar de lo que a uno le gusta, contándome cómo algunos de ellos eran Ingenieros Agrónomos o Licenciados en Física, radicados al contacto humano sólo por esa razón: sentirse más humanos mientras vuelven a sus casas, en Durazno o Florida.
Y ya llega el ómnibus, y trato de mirar por la ventana el atardecer, agradecido completamente de haber conocido casi por accidente aquel hermoso lugar, en el medio del país, pero aún escondido; quizá, porque los mapas lo siguen nombrando como Carlos Reyles, cuando en realidad, en voz baja, sus habitantes le llaman Molles.
Así que llego tarde a la ciudad de Durazno y al otro día y luego de dormir unas muy pocas horas nos levantamos tempranito y nos dirigimos a la parada, listos para que Nossar nos llevara (con esa amabilidad al subir propia de los ómnibus del interior, donde la guarda se baja antes para ayudarnos a bajar las escaleras) durante unos 30 minutos hasta Carlos Reyles.
Apenas llegué no podía dejar de mirar a través de la ventana y me bajé cuando me indicaron que lo que veía era la escuela. Con mi amiga me dirjo hasta el liceo que quedaba a media cuadra de la parada. Allí me puse a charlar con diferentes profesores... Ninguno era de Carlos Reyles, ni siquiera la adscripta. Todos venían de Durazno o Florida y algunos desde lugares más lejanos, y según me contó el concerje (el único que vivía en Carlos Reyles) han llegado a viajar para dar clases de forma semanal desde Montevideo e incluso Artigas. Por un momento me imagino cómo sería viajar desde esos lugares tan lejos para venir a dar clases en el liceo y de a poco comienzo a valorar aún más la docencia, esa sacrificada en las mañanas frías a la espera de un ómnibus que si perdés marchaste, y de los viajes largos parado, juntos con otros docentes (a esas horas los ómnibus parecen excursiones solo de docentes), para llegar a dar clases por una mala paga (si sos efectivo de baja categoría) por unos 45 o 90 minutos a clases de 30 gurises. Pero esos pensamientos se ven interumpidos cuando me percato que la adscripta tenía un problema con su computadora, con Windows 95. Me costó imaginar que alguien podría usar eso en la actualidad, pero así era. Debo admitir que muchos conceptos se derrumbaron... todos los días vivo en carne propia como en la capital la gente trabaja "porque no le queda otra" y ese gustito a amar lo que uno hace se va dejando de lado, pero aquí recordé lo que eso significaba. De a poco y solo por vocación de enseñar, de educar y de entregar lo mejor de sí, los docentes fueron consiguiendo varios recursos. El que más me llamó la atención era el de contar con una computadora para los docentes que tenía salida a internet, brindando una brillante oportunidad para dejar entrar ese mundo de ahí afuera un ratito en el pueblo, pero solo lo necesario, como para que aún no se contamine de él.
El timbre suena y me alejo de los muchachos con camisa blanca y corbata roja que me miraban como un bicho extraño y me lanzo a conocer un poco cómo era un mañana en Carlos Reyles. Por supuesto que no sabía para dónde arrancar, por lo que vuelvo a la esquina donde me dejó el ómnibus y observo un poco la escuela, desde donde logré ver la plaza. Me acerco hasta allí y descubro la plaza más atípica que había visto hasta ahora... Para empezar, no tenía una forma geográfica distribuida, sino que se trataba de pequeños senderos intrincados entre frondosos árboles cuyas combinaciones de sombra en la mañana agregaban un toque melancólico. La recorro y descubro, no en el centro, sino cerquita de él, un busto de Artigas (¿es necesario aclarar que la plaza llevaba el mismo nombre?). Me acerco para verlo más de cerca y me sorprendo. Carlos Reyles me sonreía ahí mismo en ese momento, a través de ese busto de Artigas; y es que algo disimulado en su rostro se dibujaba una sonrisa que obviamente devolví, para dejarla atrás.
Me paro en una esquina y me sorprendo del color de las calles, era de un rojo/bordó bastante intenso... la tierra en el pueblo era de ese color, pero solo de ese color eran las calles. Es decir, el pueblo se caracterizaba por estar bastante bien diagramado, se notaba desde el Google Earth cuando lo ví y se notaba al estar allí mismo parado: las calles eran rectas y bien definidas, y una cerca bordeaba todo el pueblo que solo al lado de las vías se fundía apenas con el campo. Entonces comienzo a caminar por una sin rumbo, hacia una de las 6 cuadras pobremente asfaltadas en todo el pueblo. Allí encuentro un almacén donde decido comprar algo de comer aunque no tuviera hambre. La señora que me atiende en el almacén (de esos donde hay absolutamente de todo y el olor a alimentos no perecederos y raciones de semillas se mezclan en el aire) me pregunta qué era lo que quería. Le pregunto qué es lo que tiene para comer y me sorprende, preparando todo en el momento. Tontamente le pregunto cuáles son como para verlos y me dice que ella misma me los hace en el momento, entonces, ansioso por continuar recorriendo, le digo que me llevo solo un paquete de galletitas. Mientras me cobra me pregunta si soy estudiante, y le digo que no; me pregunta si soy profesor, y le digo que no; entonces me pregunta qué es lo que hago allí. Le comento que fui a conocer y con una de las caras más extrañadas que alguna vez haya visto me pregunta cómo dí con Carlos Reyles. Le sonrío sin responderle y me da las instrucciones necesarias como para llegar al Parque de las grutas. Me despido y retiro.
No tenía idea de las instrucciones que me había dado, pero es que llegar no podía ser muy difícil. Por pura intuición me voy hasta uno de los bordes del pueblo, el que más fácilmente se divisaba, y desde allí comienzo a caminar sin rumbo, asombrado aún del color de las calles y de los árboles a sus costados, todos frondosos y algunos hasta con hojas secas, que alfombraban el pasto bien verde. Camino unos metros y algunas personas aún me miraban extrañadas, mientras escuchaban AM en el frente de sus casas y tomaban mate. Enseguida veo el parque, y entro.
El parque era obviamente donde estaban las grutas. Si bien un cartel anunciaba que estaba abierto desde hacía un tiempo considerable, se notaba que no estaba terminado del todo, quizá porque solo vi una persona trabajándolo, metiendo mucho esfuerzo para arreglar las plantas, los árboles, los rosales y los juegos para niños. El parque, sumamente cuidado, tenía una calle principal, que bordeaba el lugar. Primero, comenzaba con un puesto de artesanías que nunca vi abierto, y luego seguía bajo un rosedal. A esa hora de la mañana no había nadie aún (excepto ese jardinero), lo que me permitió recorrerlo bien tranquilo, deteniéndome en cada detalle, porque allí todo estaba sumamente cuidado. El rosedal tenía un caminito más, que mostraba a su final un lago (que según luego me contaron era artificial) en cuya otra orilla se veían unas pocas personas construyendo una casa desubicadamente fuera de los planos. Me detengo a ver los carteles y me asombro que allí no se indicaran los nombres de las plantas, sino más bien algunas personas e instituciones que presumo ayudaron a la realización del parque o serían trascendentes en el pueblo.
Sigo caminando y llego entonces a una pequeña baranda hecha con unos troncos. Me pregunto si allí termina el parque y dónde estaban las famosas grutas. Unos carteles decían que eran allí, pero no se veía más que el lago y un puente. Es entonces cuando veo un camino en el pasto hecho de caminar y me lanzo hasta allí, cuando bajo me doy vuelta pensando en dónde estaban las grutas y las descubro. Sucede que estas grutas se encuentran como una abrupta escalera en la pequeña ladera hacia el lago. Las grutas me sorprendieron, no solo porque eran grutas de verdad, sino que también por la longitud de éstas. Estaban a lo largo de lo que serían unos 150 metros e inmediatamente arriba de ellas, la cerca con troncos. Me acerco a ellas y las investigo, me pregunto cómo se formaron en ese lugar de pocos cerros y muy ondulados. La zona no tenía exabruptos que perturbaran la suavidad del paisaje, por lo que las grutas (de pequeño tamaño pero tampoco despreciables) eran algo sobresaliente. Algunas eran muy pequeñas, pero en dos de ellas pude entrar parado. Por supuesto que de todas formas no eran grandes galerías hacia el cerro, sino apenas unas calerías de unos pocos centímetros de profundidad... casi casi que unas columnas de rocas.
A lo lejos, veo otra pequeña fracción y voy hasta allí. Cruzo el puente que pasa sobre el lago de forma bien sigilosa, porque podía escuchar cuis que se metían en el agua y hasta un pájaro parado muy tranquilo en la baranda, tanto así que me animé a sacarle una foto bien de cerca sin tener que recurrir al zoom. Subo un muy pequeño repecho y encuentro esa otra fracción. No sé nada de geología ni de cómo llegó eso allí, pero era obviamente una continuación de las otras grutas, aunque considerablemente más pequeñas y amorfas. Retomo el camino más hacia el parque y lo recorro un poco más. Desayuno sentado y sin pensar, tratando de bajar la pelota al piso... el día anterior en el medio de Montevideo parecía lejano y escuchar solo silencio y canto de los pájaros se transformaba lentamente en un encuentro... y es que ese lugar no era el que estoy acostumbrado a estar todo el día: no hay grafitis, ruidos de motos, autos, parlantes, nada... solo el canto de los pájaros a lo lejos y más lejos aún los sonidos de la Ruta 5, casi imperceptibles...
Continúo recorriendo y me llama la atención encontrar una vieja estación de combustibles que ahora oficiaba de taller mecánico... era curioso como aún continuaba teniendo las viejas dispensadoras de combustible casi intactas. Un bosque y una laguna, campo pelado y apicultura, vías de trenes y un algibe donde tirar los huesos de los animales muertos... todo eso en apenas unos metros cuadrados... era curioso como se mezclaba lo nuevo con lo viejo, desplazándolo pero aún así mantieniendo su lugar de origen. Unos metros más adelante la estación de trenes.
Lo primero que me llamó la atención eran los carteles que anunciaban el lugar: "Molles". Entonces recuerdo que frente a la plaza había un local con un enorme cartel pintado en sus paredes que anunciaba "Molles Futbol Club". Luego me dí cuenta que la gente de allí hablaba de Molles como su pueblo, en lugar de Carlos Reyles, como figura en los mapas. Sin embargo, nadie pudo explicarme por qué "Molles", aunque sí por qué "Carlos Reyles": parece ser que este Sr. Reyles fue un estanciero con muchas tierras y él mismo hizo traer la estación de ferrocarriles que no lleva su nombre, luego, repartió bien las manzanas y diagramó el pueblo, asumiendo que sería de gran auge debido a encontrarse en el centro del país... Es irónico que solo queden los vestigios de tales ideas... vestigios pequeños, como la Casona de Reyles (donde es el liceo) a vestigios observables desde el espacio, como en las fotos de Google Earth, las cuales recordé inmediatamente y entendí el por qué aquella diagramación tan perfecta.
La estación -como lamentablemente en casi todo el país- estaba abandonada con unos vagones y unos dos antiguos depósitos, uno de los cuales parece ser es un proyecto para un gimnasio. Frente, el Liceo. Me acerco nuevamente para saludar a algunos docentes ya que estaban en recreo. En la puerta me vuelven a examinar a mí y a mi cámara (no los culpo) y me acerco a un pequeño grupo de docentes con los que estuve hablando con anterioridad; al hacerlo, una señora me pregunta si soy alumno, le digo que no y me pregunta si soy docente; al decirle que no (esta conversación me hizo recordar a la que horas antes tuve con la almacenera) me pregunta qué es lo que estoy haciendo allí charlando tan animadamente con los docentes... y es que ella era la directora.
Al seguir recorriendo doy con una plaza de deportes sumamente pintoresca... ya era media tarde y aún no había almorzado, pero no tenía hambre, estaba demasiado extasiado con la belleza de Carlos Reyles; pero ya cansado de tanto caminar y de lo poco que dormí me quedo sobre un banco y me acuesto a dormir... pero no duré mucho, solo unos minutos, hasta que un hombre me grita: "¡Ta duro ahí pa dormir ¿eh?!" le digo que sí y se me acerca a preguntarme si estaba bien y no precisaba nada, le agradezco y le digo que no, por lo que se va. Entonces me siento, y contrariamente a lo enojado que me pueda encontrar que me despertaran, me siento contentode saber que, en Carlos Reyles, si una persona está durmiendo en una plaza, alguien se acerca para saber si no precisás nada y te encotrás bien... ¡cuánto tenemos que aprender! ¿Es la capital realmente lo que representa a un país?
En una de mis últimas recorridas ya hacia el liceo buscando mi compañera, paso detrás de la escuela que queda a orillas del pueblo, donde un alambrado separa cuidadosamente la civilización del suave campo ondulado. Y es allí donde, a la sombra de un pino, veo dos niños sentados con sus XO -las laptops del Plan CEIBAL-, navegando en internet, mientras otros chiquilines jugaban un partidito de fútbol a pocos metros... Fue extraño y reconfortable verlos a la vez. Pensaba en que quizá el mundo exterior les estuviese robando (con las nuevas tecnologías y sus facilidades) parte de su niñez, al hacer más atractivo navegar en internet que jugar un partido de fútbol en un lugar donde justamente el contacto humano y natural es lo que más se vive, pero también sentir un enorme orgullo al ver que también era posible hacer llegar esas cosas buenas del otro mundo a la sombra de un pino atrás de una escuela, para que tomen un poco de aire y se hagan más grandes al dividirse.
Llego al liceo y me uno a una buena parte del equipo docente que ya se retira, dando por finalizado un día normal en Carlos Reyles. Nos vamos todos juntos hasta la agencia de Nossar que, Carlos Reyles para no dejar de sorprenderme en sus últimos minutos "diagramó" en el mismo almacén que visité tantas veces. Y tampoco los docentes dejaron de sorprenderme en el último minuto, conociendo allí aún más lo que era realmente trabajar de lo que a uno le gusta, contándome cómo algunos de ellos eran Ingenieros Agrónomos o Licenciados en Física, radicados al contacto humano sólo por esa razón: sentirse más humanos mientras vuelven a sus casas, en Durazno o Florida.
Y ya llega el ómnibus, y trato de mirar por la ventana el atardecer, agradecido completamente de haber conocido casi por accidente aquel hermoso lugar, en el medio del país, pero aún escondido; quizá, porque los mapas lo siguen nombrando como Carlos Reyles, cuando en realidad, en voz baja, sus habitantes le llaman Molles.










Me encantó el texto!!!fue muy emocionante leerlo. Gracias por valorar Carlos Reyles y nuestra profesión. Un abrazo.
Gracias a tí por presentarme tal lugar :)
Que bello y que panoramico que ese lugarcito desconocido para mi .
Gracias por permitirme viajar atravez de tus anedotas y de tus fotos.
La verdad que sí es un lugar hermoso... hasta el momento, el pueblo más pintoresco que he visitado.
Gracias a vos por acompañarme leyéndome :).
¡BESO!
Bueno dieguito, como te dije antes, te lo digo ahora, me encanta la manera que tenés de mostrarnos las cosas que nos rodean, porque yo viviendo a unos pocos Km. de ahí he ido, y no conozco ni la mitad, me permitiste ver a "Molles" desde otro punto de vista, seguí así que nos encanta leer lo que escribís.
Abrazo Grande!
"Tu hermanito"
Es que muchas veces no vemos lo que tenemos cerca... a mí me pasa, hay lugares cerca que no valoro como debería... pro ya también publicaré algo para mostrar... es también la idea del blog: mostrar esa identidad que a veces no valoramos.
¡Gracias por tus palabras, hermano! :P
Parece mentira.. yo tendira que ir, pero bueno. Bastante info me llevo de aca.
Saludos.
Jajaja, bueno, cualquier cosa que precises instrucciones avisame y te mando, jajaja
¡Salute, Bichicome!
Gracias Diego, por ésta recorrida por el pueblito Carlos Reyles. Es pintoresco y guauu¡ que hermosas esas grutas...! Es lindo la oportunidad que nos das, de conocer de tu mano, rincones de nuestro país, que cómo bien dices por falta de atención pasamos por ahí y no lo advertimos.
¿ Talvéz el nombre que ellos prefieren usar, el de Molles, esté relacionado con árboles en la zona, llamados así?
Gracias otra vez, lo tendré presente en alguna pasada por ruta 5 para el norte.
Besitos y buena semana, Diego.
Si, la verdad que es uno de los pueblos más lindos que he visitado. Y gracias por lo que decís, me encanta saber que puedo ser un nexo entre algunos lugares y ustedes.
Ahora, sobre por qué "Molles", la verdad que ni idea. Le pregunté a varias personas de allí pero nadie supo decirme. Y no sé si algún árbol de por ahí tiene ese nombre, pero sí admito que me llamaron la atención porque no me parecieron comunes.
Averiguatdos, jijiji ;) posteá algo y nos enriquecemos todos, jijiji ;)
¡GRACIAS POR PASAR, WILLOW!
te has dado un autentico trabajazo.
saludos
Ok Diego. Prometo ocuparme del tema. Veremos que acontece...Un beso grande y ¿ cuál será el proximo destino, eh?
Suerte gaucho.
jajaja! Gracias por preocuparte, luego contáme. Tengo mucho para contar, pero lo que me falta es tiempo. Veré como hago... Tampoco tengo definido sobre que escribire, pero tengo suficiente. Un abrazo grande!