- Al principio yo gritaba "¡Si el gavilán se comieraaaaaaaaaa!..." Y todos se quedaban callados. Entonces salía el Alfredito cantando alguna milonga o alguna zamba... pero de las buenas, y claro, todos los gauchos se daban vuelta a mirar. Y al final, al final tomábamos todo y no pagábamos nada...
Recordaba haber estado allí, pero había sido hacía muchos años atrás. Recordaba imágenes sueltas: una cancha de frontón, un cerro, y un alambrado detrás del cual había un bosque encantado... Claro, eran todas imágenes que un niño de 8 años tenía en la cabeza... ¿Qué tan realistas podían ser? Por eso cuando llegué, crucé un camino vigilado por pinos, y vi la cancha de frontón, quedé con los ojos bien abiertos. Me pareció que el tiempo se había detenido y ahora iba para atrás muy rápido. Seguí caminando para cersiorarme de que no era todo producto de mi imaginación, y ahí estaba majestuosamente el cerro con sus dos tristes árboles... ahora sólo me quedaba la duda de si había un bosque encantado.
Llegamos al "puertito" de Parador Tajes, donde supo descansar el Coronel Máximo Tajes... sin dudas que ese hombre se daba la buena vida. Luego de descansar allí un poco para tratar de imitarlo, decidí irme a investigar si aquel bosque encantado existía o era todo fruto de una imaginación activa. Tras algunos metros llego a un alambrado. Al cruzarlo encuentro unos árboles que me daban la pauta de que aquello que recordaba tan difusamente existiera de verdad, así que sorteando charcos producto de una poderosa lluvia los días anteriores, llego a un lugar donde reina el silencio.
Parecía que no había nada, salvo unos grandes pinos que desde lo alto se dejaban acariciar por el viento, y uno podía escuchar muy bajito, el placer que le producían. A lo lejos se ven unas vacas, y a la otra dirección, una alfombra verde paseaba entre el bosque. Los árboles eran todos diferentes, por lo que, al recorrerlo, en un momento parecía que estabas en un país, y luego en otro... pero no, sólo habías caminado unos cuantos metros. Caminé bastante, como es costumbre mía, y no encontré ningún personaje fantástico, solo más árboles y pájaros.
Entonces me siento a descansar al sol, mientras alguien saca una guitarra y se pone a tocar "Carretera perdida". Sólo la guitarra y los pájaros. La alfombra verde y algún charco que otro. En ese lugar no había nada... Es entonces que miro en mi celular dónde estoy, y me doy cuenta que aquel no era un bosque encantado. "Parque Forestal Joaquín Suárez", rezaba un cartel en esa pantallita tan chiquita, y me rompía los sueños de hace tantos años en mil pedazos.
Al regresar, un cartel de "No pasar. BSE" me daba toda la pauta de que aquel aparato no estaba equivocado, y se trataba de un parque privado; sin embargo, era tan privado como desconocido y poco visitado, porque en las horas que estuve no se escuchó un sólo sonido interrumpiendo la armonía.
Horas más tarde de estar en Parador Tajes observamos a unos niños que intentan pescar cuando escuchamos a un viejo gritarnos: "¿Sale una guitarreada?". Nos acercamos y le dimos la guitarra. El viejo empezó a tocar fragmentos de viejos tangos y milongas, y a de a poco, entre vino y una tira de asado cocinado allí mismo a orillas del Santa Lucía, nos comienza a contar su historia.
Hacía unos diez años Clever (así se llamaba) y Alfredito (un amigo suyo, compañero de viejas andanzas) salían a tocar los fines de semana por diferentes boliches de Uruguay: agarraban un auto y terminaban en algún bar. "Al principio yo gritaba '¡Si el gavilán se comieraaaaaaaaaa!...' Y todos se quedaban callados. Entonces salía el Alfredito cantando alguna milonga o alguna zamba... pero de las buenas, y claro, todos los gauchos se daban vuelta a mirar." Entonces Clever paraba unos minutos, miraba hacia abajo, tristón, y seguía tocando algún tango. Luego, volvía a mirarnos y decía: "Era lindo... se armaba una linda fiesta... Lo mejor era que nos tomábamos todo, y le hacíamos vender un montón al hombre que, claro, luego no nos cobraba nada", y nos guiñaba.
Pasa la guitarra y escucha cantar a otro. Mientras, ofrecía más vino y nos decía por qué no hacíamos lo mismo nosotros, que era una linda aventura. Nos miramos sin decir nada.
Y el tiempo nuevamente se detuvo, y comenzó a atardecer, y no pude contenerme, por lo que tuve que preguntarle a Clever qué fue lo que pasó, por qué dejó de hacerlo; entonces, con los ojos cansados, me dice: "Desde que murió Alfredito no salimos más...". Luego sonríe, nos da un apretón de manos y nos dice que fue un gusto, y que si lo vemos le saludemos y le digamos quiénes somos, porque él probablemente no nos recuerde.
Mientras me voy paso nuevamente por el alambrado y miro hacia el bosque... después de todo, aún estaba encantado.
















